VER A TRAVÉS DE 2000 AÑOS

Golfo de Baratti, cerca de Populonia, en la costa Toscana. Segunda mitad del siglo II a.c., hacia el 140 o 130. Un barco mercante de 18 metros de eslora surca esas aguas cuando ocurre algo impensable. El capitán decide dar un viraje demasiado brusco para encarar tierra y la nave se ladea hasta un punto de no retorno. La marinería de a bordo no puede compensar el peso de una mala distribución de la carga y el barco pierde estabilidad. Cuando el palo mayor toca la superficie del golfo todo está perdido. Aquellos que saben nadar pueden intentar alcanzar la costa que se vislumbra cerca, los que no, acompañan a la nave en su lento y tranquilo descenso al fondo del mar, 18 metros más abajo.

PNAS

Una desgracia en el mar Tirreno y una suerte para los arqueólogos, que pudieron recuperar parte de sus objetos más de 2000 años después. El agua salada y las praderas de posidonia se encargaron de custodiar el gran tesoro que sólo ahora empezamos a comprender.

LOS MÉDICOS AMBULANTES

Entre los restos rescatados se encuentran instrumentos y productos medicinales propios de algún profesional. De modo que aunque se trata de un mercante de cabotaje, sabemos que también llevaba al menos un pasajero: un médico ambulante. Le delatan lo que queda de un botiquín con remedios seleccionados, un mortero de piedra, un gancho quirúrgico, una copa de bronce para sangría y algún que otro instrumento más. Los médicos ambulantes era algo habitual en ese siglo II a.c. y para ello usar los barcos de cabotaje era una muy buena opción, puesto que le permitía ejercer en cada puerto donde echaran anclas. Estos médicos ambulantes llevaban encima todo lo necesario para atender pequeñas consultas y solucionar los quebrantos de las ciudadanos que acudían a él. No sabemos qué le ocurrió a este médico ni a ninguno de los marineros porque no se han encontrado restos humanos por los alrededores. Sin embargo, lo que se ha encontrado en este barco es algo único y digno de mención, puesto que se trata ni más ni menos que remedios medicinales, tan bien conservados que incluso se pueden identificar con las recetas escritas que nos han llegado.

EL BOTIQUÍN DE TRABAJO

Lo que se ha encontrado de tan extraordinario son unas cajas cilíndricas de estaño que en la jerga arqueológica reciben el preciso nombre de pixys. Un pixys y una caja no son exactamente lo mismo, porque un pixys tiene un cierre a medida que pretende ser hermético, mientras que una caja es mucho más genérica y habitualmente más grande. Este punto es importante. Si el médico en cuestión hubiera guardado sus remedios en cajas, ahora no estaríamos hablando de ellos. Sin embargo como sus pixys eran de estaño y cerraban tan y tan bien, el agua no penetró en ellos y además el estaño en contacto con el agua de mar, crea una capa pasiva de óxido de estaño que impermeabiliza y sella completamente estos pixys. Por si fuera poco el barco naufragó en una zona plagada de posidonias, un alga que provoca que el fondo sea algo anaerobio, lo que redunda todavía más en una mejor conservación de estos restos.

Aparte de estos pixies se encontraron también 136 tubitos cilíndricos de boj, bien conservados con tapas a medida, pero el boj no selló el recipiente como si lo hizo el estaño, de modo que el contenido de estos tubitos se disolvió en el Mare Nostrum y solo podemos especular sobre su naturaleza.

Tubitos de madera y pixys de estaño del Relitto del Pozzino (Soprintendenza Archeologica della Toscana)

LAS TABLETAS QUE HAN PERDURADO

En 2004 los arqueólogos radiografiaron uno de esos pixys y vieron que contenía objetos en capas. Al abrirlo encontraron 6 tabletas circulares, planas y de color gris. Casi 10 años más tarde, en 2013, se analizaron estos restos para descubrir que aproximadamente el 80% eran compuestos inorgánicos, y de estos el 75% eran compuestos de zinc junto a una pequeña parte de óxido de hierro. El 20% de compuestos orgánicos se repartía entre almidón, que actúa como aglutinante, aceite de oliva y grasas animales, cera de abeja, resina de pino, carbón vegetal y lino.

De modo que básicamente eran tabletas de zinc preraradas para ser usadas como remedio. Pero ¿Remedio para qué? Al intentar averiguar para qué podrían estar destinadas estas tabletas, rápidamente saltó la alarma. Su composición era muy parecida a una fórmula realizada por el mismísimo Galeno 300 años más tarde. Se trataba de un colirio. También Dioscórides recoge preparaciones oftálmicas  a base de zinc , así como Plinio el viejo. Lo más sorprendente es que este remedio a base de zinc ha perdurado hasta la actualidad como remedio oftálmico.

Esta es la fórmula de Galeno:

Cadmia limpia (óxido de zinc) – 28 dracmas 
Piedra de hematita, quemada y lavada – 24 dracmas 
Ceniza de Chipre (cobre) – 24 dracmas 
Mirra – 48 dracmas 
Azafrán – 4 dracmas 
opio – 8 dracmas 
Pimienta blanca – 30 granos 
Goma – 6 dracmas 

Estos ingredientes se mezclan con vino y se usa el remedio con huevo

Una fórmula bastante parecida a la de las tabletas que nos ocupan pero enriquecida con especias y resinas que no se han detectado en las tabletas de pozzino, que, recordémoslo, son al menos 300 años anteriores a esta fórmula.

EL ZINC QUE TODAVÍA SE USA

El consenso académico dictamina que las tabletas de Pozzino eran un remedio para los ojos. En la actualidad, los carbonatos de zinc siguen siendo ingredientes activos en tratamientos dermatológicos y oftalmológicos modernos. Los antiguos obtenían el zinc moliendo la calamina en morteros de piedra. Actualmente las técnicas se han sofisticado pero la base continúa siendo la misma. Existe una continuidad de uso del zinc para problemas dermatológicos y oftálmicos porque es un remedio eficaz. Los antiguos grecoromanos lo sabían y lo usaban. Nosotros que tantas veces inventamos la rueda, quizás estaría bien de vez en cuando darse cuenta que muchas de las cosas que nos confortan no son de ahora, son de antes. La humildad también se practica con los que nos precedieron. Deseo que estas tabletas oftálmicas nos permitan ver a través del tiempo con ojos libres de prejuicios. Y que cuando miremos el pasado podamos ver con empatía los apuros y las soluciones de sus moradores, que quizás quien sabe, fueron nuestros tatatatatatatatatata…rabuelos. Solo nos separa el tiempo y hay quien dice que el tiempo no existe.

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