LA MUJER QUE CULTIVÓ ROSAS MASONAS

Josefina con su traje de coronación (Baron François Gérard,1808)

Casarse con Napoleón Bonaparte cambió la vida de Josefina. No solamente accedió a una vida estable y seguridad personal, sino que además consiguió un palacio para ella sola con un jardín inmenso donde cultivar lo que le viniera en gana.

Ella decidió cultivar especies raras y recrear, en parte, el ambiente ecuatorial de su infancia en la Martinica. Pero no sólo eso, también trajo a su jardín especies de Asia, de África e incluso de Australia. Junto a las plantas retozaban canguros, emús, cebras, avestruces, orangutanes y  aún unos raros y exóticos cisnes negros australianos. Un verdadero museo botánico-zoológico al aire libre que requería ingentes cuidados. Las especies raras eran un símbolo de estatus, pero para Josefina quizás fueran algo más.

Otro de los cambios que sufrió la vida de Josefina fue su iniciación en la escuela masónica de Estrasburgo, la Logia Imperial de Adopción de los Francos Caballeros, y de la cual fue presidenta. Los masones no admitían mujeres en sus logias masculinas, pero permitían iniciaciones femeninas destinadas a la sección logística o bien para formar parte de lo que en su momento se llamó logias de adopción. Estas logias de adopción eran dependientes de una logia masculina, pero permitían organizarse en una suerte de masonería femenina. 

Los historiadores suelen debatir sobre si Napoleón fue o no masón, pero de lo que no hay duda es de que sí lo fueron los miembros de su familia, a los que colocó en logias importantes para controlarlas. Toda la masonería francesa de época napoleónica era pro-Napoleón porque  quien no lo fuera era expulsado. Para no dejar cabos sueltos en las asociaciones femeninas Napoleón promocionó a Josefina.

Josefina se dedicó a recuperar esas logias de adopción que la revolución francesa había hecho desaparecer. Durante los primeros años del imperio hizo florecer grupos masones femeninos, antiguos y nuevos. Paralelamente Josefina cultivó en su inmenso jardín una variedad inusitada de rosas. Y lo que es más interesante aún, las hibridó entre ellas llegando a crear unas 250 variedades distintas. Una rosa en concreto mereció su especial atención, la rosa china. Esta rosa tenía la característica de poseer un gran número de pétalos, pero no tenía apenas aroma. En cambio las rosas europeas tenían aroma pero no tenían tanta cantidad de pétalos. Se propuso lograr una rosa frondosa en pétalos y en aroma, que uniera ambas características y fuera así inigualable. 

Las rosas forman parte de la simbología masona en muchos aspectos. Uno de ellos  es el secreto sub rosa. Se trata de una tradición antigua donde aquello dicho bajo una rosa era un secreto que no podía revelarse. Así en las reuniones masónicas, la presencia de una rosa recordaba a todos los asistentes que lo allí tratado de ningún modo había de difundirse.

A las rosaledas del palacio de Malmaison acudieron personajes políticos de toda índole. ¿Qué secretos no se hablaron bajo las rosas de todos los colores?. El palacio, retirado de la ciudad y rodeado de terrenos ajardinados, era un lugar mucho más seguro, vigilado y privado que cualquier edificio de la capital. Cabe pensar que era un lugar idóneo para tratar cuestiones delicadas y de alto nivel. A juzgar por el número de rosas que poseía, a nadie que estuviese al tanto de los códigos masones se le escaparía la confidencialidad de las conversaciones. Sub rosa, o lo que es lo mismo, secreto secretísimo.

Uno de los códigos masones más importantes es el sentimiento de fraternidad. Cada uno de los hermanos masones es un apoyo y un lugar seguro. Tal y como Malmaison era para Napoleón. Estando ya divorciado de Josefina, Napoleón acudía a Malmaison cuando necesitaba sentirse exactamente así. Recogido y seguro, mecido en un útero materno de rosas. Incluso cuando ella murió, Napoleón encontró consuelo en el palacio de Malmaison.

Para que no quede ninguna duda sobre el vínculo entre rosa y fraternidad, así lo describe la web de la logia Clara campoamor:

Los pétalos apretados de la rosa simbolizan también nuestra unión que nos alienta durante los viajes vitales que vamos emprendiendo para lograr la virtud que se sitúa en el medio de los extremos, el equilibrio que nos puede aportar armonía y belleza en nuestras vidas como iniciadas, que asimismo tendrá su reflejo en el mundo profano.

Y algo de ello debía desprender el jardín de Josefina puesto que en pleno conflicto entre Francia y Gran Bretaña, con las fronteras totalmente bloqueadas, sus plantas tenían un salvoconducto de paso para poder viajar de las islas  al continente, creando así una camaradería entre los dos países exclusivamente para alimentar el gran jardín museo de Malmaison.

Que la rosa es símbolo de conocimiento nos lo dejó muy claro Apuleyo en el siglo II d.c. cuando  en su libro El Asno de oro el protagonista transmutado en asno sólo vuelve a su forma humana tras alimentarse de rosas. En el caso de los masones, ese conocimiento por supuesto es secreto. Pero en el caso del jardín de Josefina, la intención era otra. Imbuida de cierto espíritu ilustrado, ella se encargó de dejar documentadas cada una de las variedades de rosas allí creadas. Para ello obtuvo la colaboración del genial artista Pierre-Joseph Redouté que ilustró cada una de ellas y las recogió en un libro. No solo ilustró rosas, también todas y cada una del resto de especies vegetales que albergaba el jardín tuvieron sendas publicaciones.

Los 250 tipos de rosas nuevas, fruto de numerosas hibridaciones, no se quedaron en Malmaison. Se esparcieron por jardines de todo el mundo. La mayor parte de rosales actuales con muchos pétalos y un gran aroma son descendientes o variaciones de esos rosales de Josefina. 

Las rosas tuvieron mejor suerte que las logias femeninas, las cuales a pesar del empeño de Josefina fueron prohibidas en el 1808, fruto del movimiento de renovación en el mundo francmasón. Sin embargo, y ya por curiosidad, se documenta en España una logia femenina en plena guerra de independencia, con el nombre de Beneficencia de Josefina, una última rosa que se marchitó rápido.


Josefina Bonaparte, nacida como Marie Josèphe Rose Tascher de la Pagerie, a la que el mundo decidió llamar Josefina, reclamó para ella el nombre de Rosa. A pesar de que Napoleón la hizo emperatriz, ella decidió pasar a la posteridad como la creadora de la rosa moderna. La Rosa de la Martinica, como a veces se le llama a Josefina, legó al mundo su pasión por la belleza de una flor que nunca consigue pasar desapercibida.

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