Pero nuestra sociedad parece alérgica a la lactosa
Ilustro este artículo con esta expresión tan castellana que, para los lectores de otras tierras, aclararé que viene a significar que es el no va más, algo verdaderamente extraordinario.
Este árbol es pariente de la higuera y puede que no lo hayas visto nunca en vivo y en directo, o puede que sí. Yo no. Y cuando tuve la curiosidad de verlo y empecé a buscar por internet un lugar donde visitarlo, descubrí que en la península ibérica esos lugares estaban contados con los dedos de la mano y encima lejísimos de mi lugar de residencia. Así que cuando digo que ese árbol es la leche, lo digo de oídas, sin tener el gusto de conocerlo en persona. Quienes sí lo conocieron y muy bien fueron los antiguos egipcios porque estoy hablando ni más ni menos que del sicomoro.
HIJOS DEL SICOMORO
Los antiguos egipcios tenían un vínculo especial con el sicomoro. Más que un árbol, el sicomoro era considerado como una madre nutritiva y protectora. No lo digo yo, lo dicen ellos mismos y para muestra un botón, o mejor dicho, a Sinué, uno de los personajes más famosos de la literatura egipcia. Me refiero al Sinuhé del imperio medio, que luego Milka Waltari tomara este nombre para su novela, es otro asunto. Este Sinuhé, pues, fue a correr aventuras por el mundo hasta que regresó a casa como un héroe, ensalzando la civilización egipcia y la vida a las orillas del Nilo. El Sinuhé del relato antiguo era un ejemplo del buen egipcio. ¿Y qué significa en realidad la palabra Sinuhé? significa hijo del sicomoro.

EL ÁRBOL QUE AMAMANTA
Hace 4000 años nadie dudaba de la capacidad del sicomoro para ofrecer todo aquello que una madre ofrece a sus hijos. En primer lugar, cobijo y calor, gracias a su madera resistente para construir que a su vez es una leña de buen quemar para alimentar el fuego del hogar. Luego alimento y medicina, ya que todas las partes de este árbol son aprovechable. Pocos árboles tienen, como el sicomoro, la capacidad de dar frutos sin tregua durante todo el año. Esto permite sentirlo como a un madre que no descansa velando por sus hijos las 24 horas y además una madre extremadamente fecunda. Incluso es capaz de ofrecer leche, o algo aproximado, ya que de su corteza puede extraerse un latex blancuzco al cual los antiguos egipcios daban multiples aplicaciones.
Si sólo fuera por estas circunstancias físicas, otros árboles podrían ocupar el lugar simbólico del sicomoro. Pero madre sólo hay una y los antiguos egipcios lo tenían muy claro. Y para que no quedara la menor duda de ello, lo dejaron escrito y dibujado en los frescos de las tumbas y en los papiros conservados. En esos textos y en esas imágenes siempre se explica lo mismo: El sicomoro cuida a las personas en la vida y también en la muerte. Repito sólo para que no quede una frase redundante o vacía. El sicomoro cuida a las personas en la vida y también en la muerte.
Lo de en la vida podemos entenderlo con cierta facilidad, pero lo de en la muerte nos queda algo más lejano. Ahora ten cuidado. La mirada del egipcio antiguo sobre el sicomoro era tan profunda que a un individuo medio de nuestra sociedad puede darle vértigo asomarse a ella. Por si acaso estas en esa media, quedas avisado.
“He abrazado al sicomoro y el sicomoro me ha protegido.
Las puertas del más allá me han sido abiertas”
Libro de los muertos (64)
El sicomoro personificado en madre se asimilaba a algunas diosas femeninas como Isis, Hathor o Nut, pero independientemente de ello, el sicomoro facilitaba la posibilidad de renacer en el más allá cuando la ocasión llegaba a cada ser humano.
Gracias a este árbol, las personas fallecidas encontraban un faro que les permitía pasar de un estatus a otro, una suerte de puerta interdimensional, un psicopompo amable y maternal. Es por esta razón que no podía faltar en los jardines funerarios plantados frente a las tumbas. Así el pájaro ba del fallecido podía descansar en sus ramas, reponerse y reemprender el camino hacía el más allá o el más acá.
En el interior de la tumba, se pintaban sicomoros ofreciendo alimentos al muerto, como en la imagen que ilustra este artículo, perteneciente a la tumba de Senedjem. En la imagen se ve a un sicomoro cargadito de higos y a una mujer que parece estar dentro del árbol. Es la diosa Nut transmutada en el árbol. Nut es la boveda celeste y aquí está ofreciendo agua y alimentos al difunto para que no defallezca en su tránsito al más allá. Mientras las pinturas aguanten, el alimento y la bebida no le faltarán a Senedjem.
Los sarcófagos de madera de sicomoro fueron especialmente deseados porque ser colocados en ellos era lo mismo que volver al vientre de la madre, lo cual permitía volver a nacer de nuevo en el más allá. A menudo en la tapa de ese mismo sarcófago se dibujaba en su interior a la diosa Nut en su explendor celeste, llenita de estrellas, cubriendolo todo. Que momia no seria feliz con tamaña compañia!
MENSAJERO DE TIEMPOS PASADOS
Hubo un tiempo en que Egipto era conocido como el país del Sicomoro. Hay que tener en cuenta que el sicomoro reinaba el lugar desde mucho antes, desde cuando el Sahara verdeaba y era recorrido por una miríada de arroyos. Luego, al cambiar el clima, el Sahara se secó y se volvió inhospito para muchas especies de plantas y animales. Entre ellas el sicomoro, que resistió a orillas del Nilo, junto a los humanos que allí se reunieron, escapando del desierto. Unos y otros entablaron tal vínculo que miles de años después todavía aquellos humanos se consideraban “hijos del sicomoro”.
Que este árbol pertenece a una época distinta a la de ahora, lo corrobora un dato: el sicomoro en el Egipto actual ha perdido sus polinizadores naturales y sólo sobrevive gracias a la fecundación manual de sus pacientes cultivadores. Estos polinizadores naturales, unas pequeñas avispas, se encuentran más al sur, en el Sahel, donde todavía sobreviven sicomoros silvestres. Que en Egipto haya sicomoros es en realidad un espejismo, puesto que en verdad ya no se dan las condiciones para que logre progresar por sí mismo. El sicomoro, la madre de todos, en esta vida y en la otra, ya no es capaz de producir la magia de antaño.
PERO NUESTRA SOCIEDAD ES ALÉRGICA A LA LACTOSA
De árbol sagrado a esclavo de la agricultura extractivista. De representación de la diosa a curiosidad botánica. De madre de todos a arbolito del montón. Uno puede discutir si tanto o tan poco, pero lo que no se puede negar es el cambio en el vínculo vegetal. Si antes al sicomoro se le adoraba y se le agradecía, ahora se le exige y se le olvida. Si antes formaba parte de una cosmovisión, ahora es un proveedor de frutos con una reputación parecida a la de la lechuga iceberg.
El libro de los muertos nos cuenta sobre el sicomoro en el más allá. Los papiros médicos nos cuentan sobre el sicomoro en el más acá. Las piezas arqueológicas y los frescos de las tumbas nos muestran el punto de intersección entre ese más allá y el más acá, el vínculo entre árbol y humanos, el lugar que le es otorgado a cada cual. El orden, la maat. El dar y el recibir.
¿Cómo nos verían esos egipcios a nosotros ahora y nuestro vínculo con el sicomoro o con cualquier otro árbol? ¿Cómo nos verán en 4000 años los humanos del futuro? No respondas a estas preguntas, no son tan importantes como la siguiente. Esta es la pregunta definitiva que sí debes responder: ¿Cómo quieres tú que sea tu relación con la naturaleza vegetal que te rodea? Respóndete de manera auténtica, reflexiva, y luego actúa.

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